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sandraHGiro del Lago

El Giro del Lago es una Gran Fondo que bordea todo el lago Llanquihue y comienza y termina muy cerca de Puerto Varas. Es un evento que mueve toda la ciudad. En este año se celebró la segunda versión de esta competencia, convocando a aprox. 1000 ciclistas que tuvieron la posibilidad de elegir entre dos categorías, la media con 80 km y la versión completa con 168 km. Creer que una ruta alrededor de un lago sería plana, es cometer un grave error porque se acumulan casi 2.000 m de ascenso en la ruta completa.

¿Y cómo fue? En el punto de encuentro se siente una alegría nerviosa, muchos se conocen y saludan u observan, revisan sus celulares, mientras los minutos avanzan hasta que la carrera comience puntualmente a las 8 de la mañana. Los primeros 20 km son a velocidad controlada, supuestamente, pero yo estoy en el tercer corral y cuando llego al fin al punto de partida, el pelotón ya se ha dispersado y cada uno va al ritmo que se le antoja. Parto relativamente rápido, cruzamos Puerto Varas, la gente en las veredas nos aplauda y saca fotos, nos sentimos todos profesionales. Saliendo de Puerto Varas, a los 6 km de partida, ya nos espera la primera subida con unos 100 m de ascenso, la primera de muchas. Seguimos hacia Llanquihue, al lado derecho se nos presenta el lago y una vista despejada hacia los dos volcanes de película, me dan ganas de parar y sacar fotos, pero hoy no. Frutillar nos espera con cara dormida, los pocos transeúntes nos miran y aplauden, al salir del pueblo viene una curva en 90 grados, miro en esta dirección y me sale un “¡oh no!” al descubrir una subida recta que parece interminable. En el lado derecho de la vía hay una fila de autos y buses detenidos para darnos paso, subimos a paso de tortuga el kilómetro hasta la cima bajo la atenta vista de los lugareños. ¡Qué-ver-guen-za! Los siguientes 50 km nos alejan del lago, solo lo volvemos a ver al llegar a Puerto Octay. El paisaje es espectacular, verde, frondoso, con vaquitas felices pastoreando por aquí y por allá, con pocas casas, algunas muy viejas ya, mi mente se va divagando e imaginando a las personas que las construyeron. Al lado derecho veo un hombre en bata y con un tazón de café en la mano en el jardín. En otras casas hay niños mirando por la ventana. Sigue siendo muy temprano para todos, incluso los perros nos dejan en paz.

Me alcanza un grupo de ciclistas y aprovecho el momento para seguir con ellos. Es mucho más fácil, pero andan inquietos, me da miedo seguir de cerca porque no conozco a ninguno de ellos y sus hábitos de rueda. En la bajada tomo más distancia, los alcanzo nuevamente, pero más tarde los pierdo, prefiero gastar más energía y llegar sin accidente a la meta.

Puerto Octay nos espera con sus dos subidas seguidas, en la segunda veo a un ciclista empujando su bicicleta, otros suben en zigzag. ¿Habrán partido muy rápido? Llego arriba, ya son 3 horas en la ruta y sigo con mis cálculos y atajos mentales. Solo quiero llegar a los 100 km porque me hago creer que el resto será cuestión de voluntad.

Y así es. Cerca de Puerto Klocker se cumplen los 100 km y me siento feliz, pero no estoy acostumbrada a recorrer tantos kilómetros a un ritmo superior a mi confort zone y mis muslos comienzan a resentirse. En varias ocasiones noto… un giro más y viene el calambre. Tomo más líquido, sigo comiendo algo cada media hora y avanzo, esta vez agarrándome a la rueda de otro ciclista solitario, nos turnamos un par de veces. La frecuencia de los puntos de abastecimiento es buena, con excepción de los últimos dos me detengo en cada uno para rellenar las caramagiolas y pierdo a mi acompañante. Ahora viene la parte más bella de la ruta, Las Cascadas, con vista al volcán Osorno. Me alcanza otro grupo, en su cola veo varios ciclistas que ya había pasado, estos grupos parecen escobillar la ruta y llevarse a todos que encuentran en su camino. Intento seguirles el ritmo, pero no me resulta.

Disfruto el paisaje tan peculiar en esta parte, las curvas, la vegetación, luego un par de nubes de insectos chiquitos que se quedan en la ropa, la cara, las manos y cierro la boca para no ingerirlos. Cerca de Ensenada vienen nuevamente los calambres. Esta vez sin remedio, tengo que parar, aunque queden solo 30 km. De repente aparecen Alejandra y Memo, al fin ciclistas de nuestra tribu, y seguimos juntos a rueda de Memo. ¿Me he guardado mucha energía o será fruto de la alimentación cada media hora, según el reloj? Sea lo que sea, siento que los calambres quedaron atrás y puedo acelerar el ritmo y lo hago. Viene el tramo de los repechos, uno tras otro tras otro. ¿Qué pasa con este paisaje, quién lo ha diseñado así y por qué? Pero sigo a un ritmo sólido, aprovechando las energías guardadas y los kilómetros restantes se derriten como mantequilla a pleno sol, 25, 20, 15, 10, ya no me cabe ninguna duda de llegar bien, solo espero no pinchar en los últimos metros, y de repente aparecen los últimos letreros de distancia y después de otra curva ya distingo la meta, mi mente se llena con una felicidad inmensa y mi cara con una sonrisa imborrable. ¡Lo hice!

La organización de este evento es espectacular, preocupada de los detalles, con mucha presencia en la ruta y sin cometer el lapsus de cuidar y atender solo a los de la punta.

El asado de cordero en la casa de Pablo y su familia es el premio a este esfuerzo, ver y compartir con los amigos del Cicloclub, varios (solo al comienzo) un poco más callados que de costumbre, ¿qué más se necesita?

 

Sandra Henschel